El rechazo, por Jorge Salvador Galindo

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Pancho Valverde era un escritor del No. Unos de esos tipos que siempre andan proyectando una novela –la sienten, casi la han memorizado–, pero que nunca se han puesto a escribir. Un bartleby, que se dice, un escritor que niega el mundo y por lo tanto, según las circunstancias, se niega a sí mismo.

Todos le teníamos, aunque no hubiese escrito más que un par de ensayos sobre aquella novela ensimismada que se bastaba a sí misma –novela, y sólo novela–, por un escritor de pluma sobresaliente.

-Vamos, Pancho, ¿cuándo te vas a poner a escribir ese libro que castiga tu imaginación?
-Cuando me maduren los cojones. Cuando me agarre la felicidad a la vuelta de aquella esquina –decía y señalaba la esquina transitada por hippies guitarristas y trileros de dado escurridizo. Luego se dirigía hacia la intersección de las dos calles, siempre transitadas a la hora del café, y con un movimiento fugaz echaba una mirada al otro lado, donde doblaba la esquina y se perdía más allá del mundo, mucho más allá de su mirada. Probablemente no era la felicidad lo que buscaba, sino una señal –un estigma en la pared que no se ve–, una leve brisa o un sonido, algo con lo que comenzar su novela.

Ayer, después de tomar el café y comentar la incapacidad de Juan Rulfo para escribir después de la muerte de su tío Celerino, a las cuatro y cuarto de la tarde, Pancho Valverde llevaba más de veinte años sin escribir una línea. No son muchos si se piensa que Faulkner, tras una jornada de diez horas de agotador trabajo, sólo pudo suprimir una coma.

-El caso es que veinte años son muchos años –me dijo y, con un gesto que bien podría significar cansancio o cualquier otra cosa, me despidió dejándome con la palabra en la boca.

Le vi llegar hasta la intersección de las dos calles, aquel punto maldito donde siempre encontraba el vacío. Con un movimiento rápido –el de siempre– volvió a asomarse al nuevo tránsito perpendicular. Pero nada. Observé cómo retornaba con la cara triste, quizás sabiendo que nunca escribiría ya su novela.

Llegó a mí y una lágrima resbaló esquivando el surco de sus labios. Me acerqué a él y miré más allá de su rostro. Cuando me di la vuelta, pensando en mi próximo relato, alguien recogía el cadáver de Pancho, deshecho en el asfalto, con una pluma clavada en el pecho.

Ironías del destino, el mejor escritor de los últimos veinte años había encontrado la muerte buscando la literatura.

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1 comentario

  1. LA CONCHI dice

    ESTIMADO MUCHACHO, YA ERA HORA DE QUE PUEDIERA LLEGAR A LOS ENTRESIJOS DE TÚ LECTURA.
    SIENTEME COMO UNA ANÓNIMA, MUY CERCANA.

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