Azul, por El Kafkiano

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Es particularmente inexplicable la sensación que Latimer, mi audaz vecino del quinto, experimentó el día de sus bodas de plata cuando, después de haberlo pensado durante toda la mañana, después incluso de haberse tomado ciertos descansos en los que entremezclaba sus pensamientos con orujo de limón, decidió hacerlo. Por supuesto, no confiaba ciegamente en el asunto, pero mantenía –él siempre fue un hombre de fe– notables esperanzas de que su caso se resolviera de la mejor forma posible.
Latimer, debido a una filigrana de los genes, tenía un huevo azul marino. Siempre se mantuvo orgulloso de su huevo incluso cuando a los quince años, en las fiestas de Narcea, una moza se negó rotundamente a tocarle los testículos.

-Quizás pegándole una buena fregada todo vuelva a la normalidad –le dijo. Y Latimer, entristecido pero empalmado, intentó quitarle hierro al asunto.
-Lo que importa es lo que esconde en su interior.

Ahora Latimer, después de tantos años de casado, recuerda aquellos tiempos en los que se miraba al espejo, desnudo, y admiraba en secreto su huevo azul, que mimaba con absoluta dulzura y masajeaba con las mejores cremas antiarrugas. Su mujer, por supuesto, terminó por acostumbrarse al azul oscuro del cojón de su marido, pero muchas veces se quejaba de su tenaz brillo, que contrastaba con la textura ajada y mate que el tiempo había dejado en el otro cojón.

-El envoltorio es lo de menos –decía Latimer.
-Pero la pinta es importante también –argumentaba su mujer–. Deberías cuidar también el otro huevo y terminar de una vez por todas con ese aspecto diabólico.

Pero por más que Latimer se mostraba complaciente con su mujer no lograba darle brillo a su cojón sano. Ni cremas, ni jabones, ni aceites, ni las sales de baño más caras lograban mejorar su semblante, y menos colorearlo.

-Has de darte cuenta que éste es mi huevo sano, mi huevo corriente y moliente. El otro, aunque es siempre bienvenido, sólo es fruto de una transmutación genética.
-Yo sólo te digo –su mujer no se amilanaba– que la apariencia es importante. Después de veinticinco años tengo derecho a disfrutar dos huevos en las mismas condiciones y no andarme con preferencias a la hora de lamer.

Aquella mañana Latimer, que se dio por entero al orujo de limón, decidió pintar su huevo sano de un azul marino intenso, brillante (casi metalizado) que se fue derramado lentamente, con unas pinceladas muy precisas, bolsa testicular abajo. Ahora poseía dos testículos azules, que bien podrían ser mellizos sino fuera porque la pintura elegida, antideslizante y subacuática, hacía su recién estrenado huevo un tanto más obeso.

-Ahora tengo un huevo más grande.
-¿Desde cuándo te han importado a ti las apariencias? –le preguntó su mujer. Latimer hundió los dedos en sus partes y con el pulgar arrastró el sobrante de la pintura. Su huevo estaba seco, listo para celebrar, en ruta para ser lamido y acariciado, pulido con saliva como si fuera el diamante de un pendiente muy gordo.

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