Madrid tampoco, por José Oscar Blázquez Andrés

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Fotografía por [bichito[

La línea de la carretera se iba dibujando a mi paso, el corazón me latía fuerte y lágrimas de sudor encharcaban mi espalda. Me paré echando parte del alma por los pulmones, casi en cuclillas, las manos apenas podían contener el temblor de mis piernas.

Volví a mirar al horizonte con desdén y tomé aire para sumergirme en la noche.

Aquella noche volví a soñar que corría hacia ninguna parte buscando a Andrea

Los días en el ministerio se puede decir que eran bastante cómodos, salvo por los viajes ocasionales que rompían mi rutina. El viejo profesor de la autoescuela siempre me decía que el hombre era un animal de costumbres e insistía en que no sacara el codo por la ventanilla, que esas cosas se graban y luego no te puedes deshacer de ellas. Yo por entonces tenía dieciocho recién cumplidos y el cuerpo pidiendo guerra y miraba a aquel hombre con comprensión pero con cierta pena.

Ahora no tengo muchos más, pero estos cinco años me han ajado mucho. Desde que saqué la oposición he engordado diez kilos, tengo el culo como el tambor de Carlinhos Brown y cuando me agacho me salen agujetas. Qué te puedo decir. El segundo día se te van las ganas, es como ir despacio en los pasillos del metro en hora punta.

Todos los días desayuno a las ocho y media en el mismo bar. Café con leche. A las nueve leo unos informes y las once bajo a la cafetería. Leo algún informe más. A las dos me voy a comer y las tres salgo del trabajo. Perdona que me ría, pero es que al decir esa palabra estornudo con los pies.

De cuando en cuando tenía que abandonar mi despacho para irme a otra ciudad a leer otros informes, a crearme otra rutina con diferente camarero y paisaje. Madrid es una ciudad que en invierno se envuelve en humo.

Andrea vivía en el cincuenta y dos de la calle Augusto Figueroa y formó parte del viaje al segundo día, cuando me bajé del metro y su perro casi me mea en las pantorrillas.

A veces tenía la sensación de que Andrea me miraba a mí y le ofrecía la más estúpida de mis mejores sonrisas hasta darme cuenta que en realidad miraba al horizonte, posiblemente más hacia dentro que hacia fuera. Pero yo creía que me miraba a mí y qué quieres, me hacía ilusión.

Nos conocimos gracias a su perro así que todas las mañanas cogía el metro a las siete y media y a las ocho entrecortaba un hola al salir de la estación. Habíamos logrado un saludo furtivo que me alegraba el día. Andrea bajaba a Sandokán todos los días a la misma hora, daba igual el tiempo que hiciera y he de reconocer que el día que falto la eché un poco de menos. Una excusa tonta me llevó a iniciar una conversación y acabamos a las dos de la tarde. Me miraba en los ojos de Andrea y me parecía que volvía a tener dieciocho años.

Antonio para el carro, que te estás empezando a acelerar

Luego entraba en la oficina y volvía a ser el mismo lector de siempre.

Las caras eran conocidas pero habían salido de diferentes álbumes de cromos. Yo preguntaba dónde estaba Andrea a antiguos compañeros de colegio, viejos profesores, funcionarios de aquí y de allí, primas abuelas y sólo obtenía miradas de desprecio e ignorancia. Me sentía incómodo, huraño.

Andrea se había metido en mis sueños por la puerta de atrás.

Aquella semana adelgacé dos kilos.

Andrea aparecía y desaparecía de mis sueños con la misma regularidad con la que a mi me sacaban de Madrid y me devolvían a mis vistas a la catedral.

Un día quise hablar con ella y entonces empezó a no dejarse encontrar en mis sueños.

Después de que aquella panda de judas me negara el camino me encontré bailando a Andrea. Era de noche y se fueron apagando las farolas. No recuerdo si fui yo quien besó a Andrea o al revés.

Las ganas de volver a Madrid mosquearon a mis superiores. En realidad no sé si buscaba a la Andrea real o a la que yo había inventado en mis sueños pero aquella sensación me quitaba el traje gris y la cara de empanao.

A mí también me pasa, sueñas con alguien y al día siguiente le ves de otra manera.

Sí –afirmé sin demasiada rotundidad pensando que cada vez que soñaba con ella me levantaba con cosquillas en los pies.

A veces tengo la sensación de conocernos demasiado, como si hubiéramos coincidido antes.

Andrea no paraba de contarme que quería irse y yo sólo quería volver. El día que la encontré con la maleta me armé de valor y le dije que yo también soñaba con ella y entonces se paró, se fueron apagando las luces y me besó.

Lo mismo la besé yo a ella y fue Andrea la que apagó el despertador.

Madrid es un correcalles en invierno, un anuncio de colonias.

Andrea dejó de soñar conmigo o lo mismo dejé de soñar con ella, porque el caso es que ni yo hablaba con Andrea en la vida real, ni me miraba, porque seguramente miraba perdida al horizonte, posiblemente más hacia dentro que hacia fuera, mientras su perro hacía sus cacas y yo regresaba a mi infierno.

Tampoco sé si vive en el cincuenta y dos de la calle Augusto Figueroa, ni siquiera sé si llama Andrea.

Pero a veces releo informes reflejándome en la ventana, la ciudad se encierra tras este rectángulo de acero enseñándome la misma postal. Paseo, busco, tomo café en la misma cafetería y me miro en el espejo pensando que las cosas podrían ir peor. O podrían ir mejor o al menos podrían romper la cara más dulce de la cotidianidad. Leo, dibujo, miro escaparates, recorro el mismo camino sin rechistar.

A veces una lágrima resbala lenta por mi piel, calentando las mejillas por las palabras que nunca llegué a cruzar con Andrea.

Mis sueños, la verdad, no volvieron a ser lo mismo sin ella.

Madrid tampoco.

2 Comments

  1. Fugaces desencuentros entre cemento y sudor, sólo una gran ciudad desolada, solo Madrid.
    Me encantó, también porque rozó un paisaje en mi memoria a corto plazo.
    Espero ver más…

  2. ….Yo también tube un encuentro mágico en Madrid con un chico que se llama Oscar Andres…

    Pero parece que los sueños, sueños son… Y ahora caminamos cada uno por su lado y con sus historias personales… Pero creo que nunca le voy a olvidar.

    Saludos,

    Andrea

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