Mal rato, por Jordi M. Novas

He vivido luciendo ese comportamiento distante que hace que casi todo cuanto veas en la vida te parezca efectista, falso o interesado. Con esa actitud consigues que mucha de la gente que considera su vida perfectamente organizada te deje de tomar en serio; hasta tal punto que cuando muestras verdadera pasión por algo sólo consigues miradas de condescendencia a tu alrededor. Eres un ser de extremos cobijado en el sarcasmo. Da igual si llevas razón, todo el mundo tomará tus argumentos siempre como una treta para hacerte notar otra vez, para alimentar tu yo frío y obstinadamente misterioso, sin sentimientos que salgan a la superficie ni ganas de mejorar nada. He mandado a tomar por culo a muchos amigos sin hablar. Soy un formalismo andante, predestinado a interpretar siempre el mismo papel por falta de oportunidades para cambiar de obra. Soy la caricatura malsana de mí.

La verdad es que me gustaría tener enemigos visibles. Hecho en falta que alguien me escupa en la cara en lugar de hacer muecas cuando no miro. La crueldad de los niños para con sus compañeros de clase es auténtica. Eso sí que era vivir sin dudar; cuando le gustabas a una chica era de verdad, y cuando alguien se metía contigo lo hacía para dejarte claro que no le caías bien. Pero la misma educación que te enseñó a leer y escribir es la que te hizo cada vez más falso, la que te enseñó a odiar la lectura después de haber aprendido a leer. La que te hace entender que es mucho más práctico rajar a los demás cuando no tienen la oportunidad de defenderse. La lección que mejor aprendes al crecer es la del individualismo. Eso que falta en nuestra formación es lo que hace que hoy en día se reúnan grupos de niños para pegarle una paliza a algún compañero mientras alguien graba con su móvil. Si no te labras un carácter tú solito puedes acabar siendo un individuo que es capaz de querer clasificar hasta sus sentimientos.

El colegio en el que ejerzo no pasa de la enseñanza de E.S.O. No es que sea la jungla, pero si un día encuentras las ruedas de tu coche pinchadas no te llevas la sorpresa de tu vida. Hay días que uno acaba tan quemado que llega a reconciliarse en silencio con secuestradores y pederastas; desearías por un segundo ver sufrir de verdad a esos padres que creen que la educación de su hijo es un trabajo a tiempo parcial.
Cuando a las niñas les comienzan a nacer curvas y comienzas a vislumbrar esa especie de responsabilidad femenina que las caracteriza, la comparativa con los chicos es sangrante; verlas en clase con ellos es como haberlas metido en la jaula de los monos.

En octavo curso hay una chica llamada Mónica. No le podría negar nada. Tiene esa mirada perdida de quien el ochenta por ciento de la clase no atiende, porque ya hace rato que pilló el concepto. Es callada y ni los chicos más estúpidos se atreven a dirigirle demasiado la palabra. Ya en su adolescencia tiene la virtud de salir airosa de cualquier disputa; casi la puedes imaginar defendiéndose a sí misma en un tribunal, o señalando sin miedo a su violador detrás del cristal que te separa de los sospechosos. Es un reto del profesorado y los compañeros el poder sorprenderla. Se sienta en una esquina de la clase y lleva ese pelo negro recortado por los hombros cuyo flequillo apenas te deja ver sus ojos. Tiene una de esas caras de piel blanca y labios rosados por los que milagrosamente aún no ha pasado ningún tipo de maquillaje. Y en su currículum ya hay el despido de dos profesores que intentaron embaucarla a una edad en la que sólo podían invitarla a un batido y llevarla a casa antes de las ocho. Piensa en Lolita y ni siquiera te harás una idea.
Su magnetismo es tal que a veces estás seguro de que cualquier objeto que pudieras lanzarle se detendría a cinco centímetros de su cintura y comenzaría a orbitar a su alrededor. No pienses en términos de sexo, edad o romanticismo. Pero tampoco creas que podrás apartar la vista de ella. Hace un año una profesora cayó en una depresión de la que aún se recupera, porque Mónica no quiso comenzar a labrase una carrera musical.
Cada vez que se celebra alguna festividad tienen que convencerla para que cante una canción en el teatro del colegio. Dicha profesora se obsesionó con su talento, comenzó a darle clases particulares y dicen que hasta la habían visto algunas veces salir llorando del aula una hora después de haber estado con su alumna. La niña bonita, la criatura celestial alrededor de la cual gira el microcosmos anodino de la educación secundaria.

Una amiga mía siempre dice que hay pocas personas así, y que normalmente impresionan por ser tan solo tal como son. Son personas que no suelen sonreír y parecen estar por encima de cualquier formalismo a nivel de educación o tradiciones. Lo que impacta más es que no ves dónde está el problema en que ella actúe así. No esperas que te dé las gracias o los buenos días, pero te da igual. Más que una persona, es tu ideología política, tu derecho a ser feliz. Nadie puede tocarla. El sentimiento que provoca la convierte en el estandarte de lo intrínsecamente bello sin un porqué concreto.
Hay quien sabe cerrarse en sí mismo hasta provocar un enamoramiento masivo. Mónica sabía el efecto que causaba en los demás. Al verla moverse y reaccionar uno se plantea si ella simplemente no será lo que deberíamos ser todos. Economizando palabras, acciones. Puede que sólo destaque por su facilidad para acertar, para no inmiscuirse en nada o nadie más allá de lo necesario, y así vivir en paz con todos para poder vivir en paz consigo misma. Y quizá por eso a ella no le hace falta llenar su vocabulario de saludos protocolarios y frases hechas, ya que su propia naturalidad te hace sentir cómodo sin la necesidad de esa educación preestablecida. Nadie necesita oír un “buenos días” seco y rutinario, necesitamos sentir que no estamos atrapados en esa maquinaria que nos hace actuar siempre de la misma forma. No necesitas oír “te quiero”, necesitas que te quieran.

Después de haber estado un año corrigiendo sus exámenes y escrutando sus movimientos tal y como hace todo el mundo, Mónica, por primera vez, va a intercambiar conmigo más de dos palabras. Es más, Mónica espera a que la clase se vacíe por la tarde para que podamos hablar tranquilos. Esto es así, y suena ridículo, desconcertante y hasta escabroso, pero nunca he estado más nervioso. Mientras todos los alumnos salen maldiciéndome en susurros y soltando pestes entre risas como viernes que es, Mónica espera sentada en su pupitre al final de la clase. No parece inquieta o cohibida. No parece humana, y quizá sea eso lo que la hace mejor, superior.
Recuerdo que el colegio para mí era un suplicio, un esfuerzo agotador y una obligación de la que no entendía del todo el beneficio a largo plazo; no era para mí nada más importante que hacer la comunión o celebrar los cumpleaños; tan solo era otra rutina que me obligaban a seguir, era lo que todos los niños hacían, y la verdad es que hasta cierta edad las personas no somos más que ovejas, bajamos la cabeza cuando alguien se enfada y procuramos no separarnos del rebaño. Realmente la relación Profesor-Alumno no es tan distinta a la de Empresario-Trabajador, al final siempre se trata de cumplir ordenes; casi llegas a entender a esa gente que se pone a estudiar empresariales con el objetivo a corto plazo de ganar cinco mil euros al mes. Puedes acabar deseando según qué vida gris, una vida con la que poder ir por tus raíles sin excesivas complicaciones o ensimismamientos filosóficos. Pero yo no soy así, y ahora gano más bien poco y paradójicamente soy profesor de escuela y una cría de dieciséis años me pone nervioso. Imagino un amplio despacho y nóminas plagadas de datos obscenos, imagino mi contribución a la estabilidad pro-occidental del tercer mundo. La caricatura sana de mí en un mundo podrido. Y aun siendo profesor y teniendo la penúltima palabra de lo que se decide en mi clase, Mónica me reduce a nada. Ella es un inmenso meteorito cruzando el espacio y yo soy el planeta indefenso en su trayectoria, plagado de una especie que merece desaparecer.
Yo represento a la raza humana y ella probablemente tan solo a sí misma. Me gustaría pensar que exagero, que poetizo. Pero mientras ella se levanta de su pupitre y camina sosegada hacia mi mesa, parece que la ropa, su peinado y sus manos de cinco dedos solo sean un disfraz. Me gustaría pensar que es ella quien aprende de mí en esta clase. Arrastra un pupitre hasta ponerlo justo en frente de la mesa del profesor y se sienta en él. Y si no es Mónica la que decide romper el hielo creo que vomitaré. Esto no suena profesional, pero normalmente lo que sentimos no suele estar sujeto a etiquetas. Hay quien se casa por mucho menos de lo que yo siento ahora. Y cuando ya he reunido el suficiente valor para mirarla a los ojos, ella pronuncia mi nombre, dejando un espacio de tiempo para mi reacción:
– Dime, de qué quieres hablar.
De su futuro, dice.
– ¿No sabes qué es lo que quieres estudiar?
Sí que lo sabe -claro que lo sabe, joder-, pero quiere esclarecer otra cuestión, dice, no puede hablar con sus padres de esto, tampoco con su tutor, y mucho menos con un compañero de clase.
– Ajá… – comienzo a flotar. Sólo una vez me dijeron “te quiero”. Me sentí avergonzado, inquieto por no poder contestar lo mismo si no era mintiendo. Ahora me siento mucho más halagado que en aquella ocasión. Mónica dice que sabe lo que quiere estudiar, pero no sabe si va a poder vivir de forma que no sienta que sigue los mismos pasos que todo el mundo. Es su modo de hablar mi idioma, un eufemismo elaborado para preguntar qué sentido tiene la vida.
– No sé si te entiendo – digo, aterrorizado, perfectamente consciente de que ella busca una frase inspiradora. Se ha desnudado y ha sido para mí, y no me veo capaz de ponerme a ese nivel. Yo nunca me he planteado qué sentido tiene la vida, porque nunca le he visto ningún sentido potencial. Podría recurrir a una cursilería y decirle que son cosas como ella las que dan sentido a la vida de la gente, podría decirle eso si no me importara que me considerara un salido o un psicópata a partir de ahora. O podría ganar tiempo, que es lo que decido hacer.
– Es que… – dice ella – creo que me parezco un poco a ti… y no sé si preguntando a un igual es más fácil…
Y se queda ahí. No, pienso, no me parezco a ti, no levanto ampollas a mi paso, no te equivoques, yo soy el planeta indefenso. Pero ese comentario a medias me da la oportunidad de hacer tiempo mientras pienso qué sentido tiene la vida.
– ¿Por qué crees que me parezco a ti?
Creo notar un ligero rubor en su expresión que dura algo así como una centésima de segundo, con un poder destructivo. Ella, solo existiendo, puede hacer que para los demás el día a día no sea tan gris, ¿pero quién va a hacer eso por ella? ¿Quién hace reír a los payasos? Mónica no sabe qué contestar, pero al final decide explicarse;
– No te relacionas mucho con los otros profesores, eres el único que no parece un profesor… sólo sabes ser tú mismo.
– Ya… pero eso aún se te da mejor a ti… – . Lanzo ese amago de piropo y ella se limita a sacudir el flequillo, y otra vez el silencio. Estoy entre la espada y la pared, contra las cuerdas, jodido, enterrado en frases hechas hasta que se encienda alguna bombilla en mi cabeza, tiene que haber algo útil que decir. O resultaré ser una gran decepción. Con ella no valen la pseudofilosofía del carpe diem o los consejos sobre la importancia de los pequeños detalles, o hacerle entender que es muy joven y que tiene toda la vida por delante, porque además es justo eso lo que le preocupa. A una persona a todas luces inteligente y despierta no puedes darle un abrazo y decirle que todo va a ir bien. Ella espera algo más que la típica reprimenda humana sobre la suerte que tiene de estar viva.
– ¿Por qué te hiciste profesor?
No tengo ni idea, me digo.
– No parece que sea tu vocación.
No lo es.
– Sé que quiero seguir siendo como soy, pero me gustaría poder hacer algo bueno en el futuro, bueno para los demás…
– ¿Para la gente pobre…?
– Para los demás… para todos.
Quiere ser la Virgen María, una que exista de verdad, a la que puedas dar la mano; tiene su lógica, si alguien normal se iría a una O.N.G. o de misiones, ella lo que quiere ser es un símbolo, algo que una a la gente y revolucione la vida. Le diría que lo olvidara, que se buscara un buen novio y se limitara a seguir deslumbrando a compañeros de clase y de trabajo en el futuro. Le diría que no puede hacer nada, que ya estamos todos pillados, demasiado ocupados manteniéndonos a nosotros mismos como para ser altruistas. Le diría que, por más que le pese, ella sola no puede hacer nada. Pero si le quito la poca inocencia que le queda, podría cambiar.
– ¿Has pensado en meterte en política en el futuro? Estudiar algo de eso…
– No, no quiero ser así.
No, eso no encajaba.
– ¿Te puedo contar una cosa? Quiero pedirte permiso para algo…
Sí, por favor, lo que quieras, lo que sea.
– Sí, claro – acabo señalando, con la voz más disonante y estúpida que nunca me ha salido.
– Quiero escribir un relato para Literatura, en primera persona. Quiero saber si puedo darle credibilidad haciéndome pasar por hombre, por un profesor como tú.
– ¿Como yo?
– Sí, serás mi modelo. En el relato hablarás sobre ti, sobre cómo te sientes respecto a los demás, sobre cómo finge la gente para esconder lo que piensa de ti. Y también montarás todo un discurso para no reconocer que estás enamorado de una de tus alumnas; la describirás de forma que parezca una divinidad, y te excusarás alegando que todos admiran su genio, su actitud. Lo titularé: “Mal rato”.
– ¿Sí…?
– Sí, y será fenomenal acabar describiendo cómo no has sabido corresponderle a tu chica con un mensaje positivo sobre la vida.
– Y… en fin… ¿cómo lo describirás?
– Con un diálogo, me basaré en esta conversación. Es un experimento… ¿Me dejarás?

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