Jardín Polar, inauguración exposición fotográfica Olga Simón.

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Estimadxs,
el viernes 14 de Noviembre se inaugura en la Galería ASTARTÉ [ c/ Monte Esquinza 8 el último trabajo fotográfico de Olga Simón, durante estas semanas hemos compartido con nuestrxs lectorxs parte del trabajo de Olga, la obra Jardín polar” esta pensada y producida para la Galería ASTARTÉ.

Con motivo de la inauguración extraemos un texto de Miguel Fernández-Cid del catálogo creado para la obra, también quiero animaros a que descarguéis la invitación para asistir este mismo viernes 14 de noviembre a la inauguración de Jardín Polar.

Estaremos encantadxs de veros!!!!

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PAISAJES EMOCIONALES, INTERIORES por Miguel Fernández-Cid

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“¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.”
Arthur Rimbaud: Ofelia

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“Como la brisa que la sangre orea
sobre el oscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías
en el silencio de la noche vaga,
Símbolo del dolor y la ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.”
Gustavo Adolfo Bécquer: Rima VI

Olga Simón no pertenece al grupo de los artistas que persiguen imágenes de visión rápida y fácil, sino al más reducido de los que se empeñan en recrear un ambiente, una atmósfera, una situación, una búsqueda, implicándose en ella y analizando los resultados. Jardín polar, la exposición con la que se presenta en la galería ASTARTÉ, admite ser vista como un único relato, en el que cada imagen actúa a modo de frase o palabra, pero también como un conjunto de fotografías con aire de voces bajas, de susurros, de confesiones –drásticas o sensuales– tamizadas por usar el lenguaje de las imágenes, de la fotografía. En ambos casos, el espectador percibe estar frente a un paisaje, pero un paisaje onírico, en el que se mezclan la realidad y el sueño: un paisaje interior, con imágenes que dialogan, se complementan y nos interrogan, dando protagonismo y dimensión a lo no visible, al orden [y al aparente caos interno de las cosas.

La propuesta es arriesgada: Olga Simón es consciente de haber tomado como motivo de reflexión una experiencia próxima, pero también de haber elegido el lenguaje del arte para presentarla, lo que le lleva a introducir cierta distancia, a enfriar el lado emocional, a medir la escala de cada imagen, el ritmo y la manera como las muestra al espectador. Como conjunto, transmite un misterioso y secreto fluir, una acción que se reitera, que avanza y retrocede, que estalla y se relaja, dejando a su paso una serie de imágenes que son pensamientos atrapados, sentimientos a punto de hacerse físicos, de cambiar de estado. La idea de la mutación, de la transformación, del cambio es constante, como lo es la sensación de estar ante una realidad que responde a unas leyes propias, que afectan a la densidad de los objetos. Unas leyes a las cuales Olga Simón deja hacer, en su calidad de espectadora privilegiada, antes de detener los instantes que convierte en imágenes finales, en las fases de su relato.

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Lo líquido y lo sólido conviven desde las primeras fotografías densas, oscuras, con su aire nocturno e interior, con apariencia de microcosmos y el toque surreal –y, en cierta medida, cinematográfico– del contraluz de un anillo en el agua. El contrapunto inmediato es el conjunto de fotografías de tonos azulados, en el que se mezclan los efectos del agua con la apariencia de extraños paisajes vistos desde el aire: una lengua líquida que avanza sobre una superficie, como ocurre en algunos paisajes desnudos de James Turrell. Paisajes deshabitados.

Siguiendo el relato –o iniciándolo dada su posición próxima a la entrada– encontramos una de las imágenes más queridas por Olga Simón, que la considera una especie de homenaje a la célebre Ofelia de Millais. La fotografía recoge el instante en el que la tinta de un fragmento de papel [una carta se deshace, orea y tiñe de color el agua, su paisaje. Quizá sea, en efecto, la imagen que mejor sintetice el conjunto, por su limpieza y levedad, por su equilibrio, por la manera de mostrar distintos estados, incluso la inmaterialidad. “Volví a congelar los pedazos dejando que todo se reconstruyera libremente, de otra manera”, se nos advierte, escrito en la pared. El tono confesional, poetizado en el giro final, vuelve a señalar la vocación de conjunto que desvelan las imágenes

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La artista señala que su devoción hacia Millais va más allá de lo emocional y habla de colores, de tonos, de temperaturas afines, si bien lo que en Ofelia es manto, quietud, imagen que se ofrece, que quiere ser observada, en Jardín polar es estallido, actividad, movimiento, estado previo, mutación. Sobre ese cambio temporal gira una obra que Olga Simón titula asumiendo la disputa entre contrarios [la vida del jardín y la quietud del frío, aunque abre sus imágenes a descubrirnos la vida interior y los paisajes bajo el agua. La conciencia de estar atrapada en la aparente contradicción de dos extremos [la cueva y la luz, el frío y el calor, el dolor y la pasión, lo sólido y lo líquido es visible en cada una de las imágenes, y Olga Simón insiste al llevar el ritmo de su relato dirigiéndolo hacia un final pero advirtiéndonos de la importancia de ver los límites, las fases, los otros caminos posibles. De hecho, muchas de sus fotografías tienen algo de síntesis, de guiones de un breve relato cinematográfico, llevado con pulso manual, sin grandes recursos técnicos.

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Tras una serie de piezas aisladas, entre las que llaman poderosamente la atención dos que se debaten entre ser o funcionar como díptico, por estar dispuestas muy próximas y reflejar valores casi opuestos [densidad y concreción frente a levedad y pérdida, en un diálogo que se repite con frecuencia en el trabajo de Olga Simón, nos encontramos un nuevo paisaje emocional, conseguido prescindiendo de detalles adicionales y con sencillos recursos fotográficos.

La apariencia tranquila, de reposo, que refleja esta imagen tiene su contrapunto en una dinámica pared de confesiones y fragmentos, en la que se unen el caos de la diversidad de escalas y motivos con lo ordenado de su distribución, valorando los espacios vacíos. Como cierre, de nuevo el debate entre la vocación paisajista de las imágenes y el detalle confesional que asoma en ocasiones.

Al término del recorrido, toman sentido la advertencia inicial [“que todo se reconstruyera libremente, de otra manera” y el guiño a esa Ofelia vista en Millais pero también en Rimbaud o Bécquer. Desnudas de artificio, de densidad, convertidas en bloques de hielo, en imágenes encapsuladas, las emociones conforman un jardín polar, un puzzle que podemos reinventar en cada momento. Como un relato infinito: un recuerdo evocado en imágenes, convertido en paisaje misterioso, oculto, interior.

Miguel Fernández-Cid

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