K7-C9, por Billy Macgregor

Le paso la lengua por los labios del coño y ella dice “ ¡ay Dios, Dios mío” y yo, siento de inmediato en la boca el sabor a salitre de su satisfacción, que mana como de un manantial y resbala por sus muslos hasta las sábanas.
Nos merecemos esto. Ha sido un día duro.
Las luces de los misiles tierra-aire alumbran su rostro. Se llama Ana, un nombre corto para una gran mujer. Tiene un marido, hijos, y un jardín. Conozco a su marido. Es un buen tipo, una vez incluso le estreché la mano. Estoy seguro de que la ama como ella se merece.
Hoy nos han traído más de cuarenta y tres heridos. No contamos los muertos. Ya no.
Una mujer entró corriendo al hospital con el brazo de su hija metido en una bolsa de plástico. Buscaba a la niña entre la gente. Ana la cogió de los hombros y la miró a los ojos, y con los ojos, le dijo que la niña no estaba allí, y si no estaba allí, es que estaba en el mercado, desperdigada por todo el mercado, sobre las peras de agua y el pescado y colgando de los cables de la luz, hecha jirones de piel que resbalaban por el lomo de las sandías, con los ojos, le dijo que el trozo más grande que quedó de su hija, seguramente era ese brazo.
En mitad de la noche, buscamos el uno en el otro algo que nos recuerde que aún somos capaces de sentir algo, que seguimos siendo humanos.
Después de follar siempre hablamos de sus hijos. La mayor quiere ser médico, sin fronteras, como ella. La pequeña quiere ser una cosa que se ha inventado y que consiste en colgarse del cuello de su madre y dar vueltas y vueltas.
Yo no tengo a nadie que quiera ser médico como yo; pero tengo a Ana.
Se la meto hasta el fondo y me muevo y sudo sobre sus tetas y ella, abre más las piernas y me agarra el culo y lo aprieta como si quisiera meterme entero dentro de su vientre, y sudamos, y nos damos besos tan ciertos como que hay estrellas en el cielo, tras el humo de las bombas y la cegadora luz de la metralla. Me muerde y me hace daño y, grito y, ella, se corre y, grita, grita como un animal, grita toda la rabia, toda la impotencia, grita por el mundo y por, todos esos cadáveres, grita y me apuñala con los dientes y, llora, y me pregunta, por qué-por qué-por qué, sin esperar una respuesta que sabe que no tengo, y luego me abraza como nadie me ha abrazado en esta puta vida, y ese olor nauseabundo a muerte que dejan los que se nos fueron de las manos y nos impregna cada centímetro de piel, desaparece, por unos instantes.

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