El ocaso de la celestina, por Jordi M. Novas

0

Aunque llueva pura mierda constantemente y nos de igual, a veces aún nos molesta algo en el estómago. Mis amigos y yo decidíamos ir a veces a la montaña para sentirnos muy aislados, muy apegados a la tierra -eso les decíamos a todos-, aun llegando arriba y poniéndonos a hurgar en nuestros móviles, a escribir mensajes y llamar y presumir con todo el mundo de lo muy bien que se respira fuera de la ciudad. Así que fuimos una vez más todo el día arrastrando los huevos por el suelo mientras nos llenábamos los pulmones de aire puro entrecomillado; aunque de vez en cuando yo me fumara un cigarrillo, cuya colilla acababa en un cenicero portátil pensado para contrarrestar el sentimiento de culpa ecológico.
Subimos pegándole patadas a las piedras y hablando de nuestros trabajos y de la mucha suerte que tenemos con ellos, intercalando esos comentarios con resoplidos de hastío porque era domingo por la tarde -siempre lo era-, y al día siguiente teníamos que volver a trabajar. Nuestros escrotos siempre llegaban a cubrir buena parte del sistema montañoso.

Una de las chicas de la “expedición”, una semidesconocida, prima de alguien y pasto de futuras fantasías pajilleras, comenzó a hablar de lo orgullosa que estaba por haber hecho enrollarse a dos amigos que según ella “lo estaban deseando”. Sonreía a mandíbula batiente con su boca de chupona mientras no podía parar de comentar la escena en la que, delante de ella, la pareja se dio dos besos de presentación, y de lo tímidos que eran y de que sin duda necesitaban su ayuda para dar “el paso”. Después de ese monólogo apología del altruismo sensacionalista, su novio, otro semidesconocido, un tipo engominado, le dio un beso y cuchicheó algo que nadie más pudo oír.
Algo se revolvió en varios de los estómagos presentes. Pero nadie dijo nada.
Algunos volvimos a sentir entonces en nuestro interior esa sensación de que las casamenteras tan solo andan unos pasos por debajo de los nazis en la escala moral. Esas cabronas de sonrisa condescendiente, entre otras cosas, hacen que en las multisalas cada vez estrenen más cine de diseño, y que la televisión cada vez dé más asco. Y se enorgullecen de ello. Bien pensado, Hitler por lo menos tenía principios. Son esas pequeñas cosas, ese convertir la parte más íntima y valiosa de la gente en un espectáculo morboso, lo que hace que nuestro modo de comportamiento acumule cada vez más proyectos de campos de concentración para neuronas.

Dicha casamentera, cuyo novio seguro sólo utilizaba como funda para el pene, se pasó toda la excursión hablando sin decir nada. Uno, viendo parejas así, solo puede pensar: aborto. Hay óvulos que deberían poder tener la suficiente autonomía como para esquivar a los espermatozoides según el caso. Tenían la pinta de ser de esos futuros padres que educan a bofetadas, y luego defienden a su hijo a toda costa ante terceras personas sea lo que sea que haya pasado. Se me pasan por la cabeza montañas de libros ardiendo con familias de ese tipo bailando alrededor.
De alguna forma, cierta inercia natural debe intervenir para hacer que gente así se reproduzca. Lo jodido de la madre naturaleza es que nos ha concebido para que multiplicarnos nos parezca casi una obligación. Y una vez lo hacemos, nos abandona a nuestra suerte con nuestra actitud egoísta, nuestra torpeza para criar a un niño, nuestra incapacidad para la monogamia, con las mentiras, etc. Hay parejas que llegan a abandonar a su crío recién nacido en una papelera. Quizá nunca un servicio público haya sido utilizado de una forma más pura y reaccionariamente sincera. Es escalofriante y simbólico a la vez. Es una reacción típicamente humana que recrea en las páginas de sucesos un paisaje representativo perfecto: un niño llorando entre la mierda en medio de un bonito parque familiar. Cambia de canal… Dan ganas de pasarse un día un montón de horas en una iglesia vestido de pingüino y después tener un montón de churumbeles que, según cómo te funcione el cartón, sólo son un problema de tres kilos. Desde luego cada uno se lo monta a su manera.

Casamentera y Engominado, tal y como lucían, seguro formaban parte del kilométrico grueso de personas de vida práctica llevada por la inercia de “lo normal”, que hace que todo lo aberrante se convierta en algo cotidiano.
Fuimos subiendo la montaña, cruzándonos con otros excursionistas; era una de esas jornadas de sonrisa sincera que se va apagando a medida que se va el sol; el momento más bello del día significa la vuelta a una rutina de la que no te atreves a presumir cuando se te echa realmente encima.
Mientras pasaban las horas de la tarde, y aún lejos del ocaso portador de otra semana exactamente igual que la anterior, Casamentera siempre tenía alguien de quien hablar. A ella igual le hubiera dado estar ahí que en la peluquería; y a medida que su vocecilla se nos clavaba en la cabeza, y sin tener la perspectiva de su novio de beneficiársela más tarde, como todos estábamos comenzando a desear que estuviera ya de una vez, era muerta.
Podía imaginar perfectamente a Engominado tapar la boca de su novia a morreos en el piso que ambos tenían alquilado sólo con tal de dejar de oírla.

El núcleo de ocio principal de Casamentera tan solo parecía ser el sonrojo de los demás: ver cómo personas ajenas a ella intentaban salir de una encrucijada, verles sonreír nerviosamente para mofarse “inocentemente” de ellos a sus espaldas, o verles sufrir para poder decirles lo que tenían que hacer. El ocio basado en la manipulación justificada por el altruismo para con los que celebras cumpleaños o llamas Amigos -lo sean o no-, ya es toda una tradición. Parece ser una forma de vida vacía basada en la supuesta bondad de quien dice querer tan solo lo mejor para los demás. Es como formar tu propia obra de teatro con gente real que quizá sólo intenta tener a buen recaudo su intimidad, vivir acorde a sus ideas; cosa que una casamentera no puede permitir, porque su vida perdería mucho sentido si alguna vez tuviera que vivir de acuerdo a algún principio sólido, en lugar de poder comparar su supuesta vida sentimental feliz con la de los demás.
Son justo esas personas las que hacen que el cinismo crezca como una mancha de aceite a su alrededor, como puro efecto compensatorio. Llegados a un punto de la excursión, cuando ya descendíamos, todos excepto Engominado concluimos que, inevitablemente y en nombre de la cordura, Casamentera merecía morir.

Aparte de la pareja modelo, éramos cuatro personas más, una de ellas chica. Notas la superficialidad de alguien sobre todo cuando ves el contraste en el agravio comparativo. La otra chica se llamaba Natalia, y no dijo nada en toda la excursión, solo se limitó a mirar con asombro a Casamentera, incrédula de que una sola persona adulta pudiera albergar tanta idiotez y maldad color rosa de revista basura. Habíamos conocido a Natalia tres años antes mientras vagaba por la ciudad, recién llegada, buscando piso y con apenas una maleta en propiedad. Nos pareció tímida e inteligente, curiosa y respetuosa, e interesante cada vez que intervenía en una conversación. Más o menos justo el perfil de persona que suele acabar siendo víctima de Casamentera, que es cuando la bondad auténtica topa con la de diseño, y mientras una persona se convierte poco a poco en un ángel cada vez que habla, la otra te parece cada día un poco más gilipollas.

Hacer esto cada fin de semana estaba comenzando a ser agotador. Pero no había forma más segura. Y además, después de hacerlo una sola vez ya no puedes tirarte atrás, y el impulso de seguir es demasiado poderoso.
Esta vez Engominado era la “X” de la ecuación. Hubo arduos debates hasta que llegó el momento en que decidimos que él también debía morir. No puedes confiar en alguien para que te guarde un secreto; pídele a quien sea lo que sea, pero no le confíes nada que no quieras que se sepa sobre ti. Es absurdo intentarlo; Engominado era idiota, pero no tanto como para hacer la vista gorda ante un asesinato en su presencia.
Decidimos hacer realidad esos deseos lúbricos de liarte a cuchilladas con alguien que realmente te asquea, que estás convencido de que contamina la humanidad y merma su potencial intelectual con posibilidades para crear vida inteligente real en la Tierra; algo que sustituya al capitalismo sustentado por el conformismo, que basa sus cimientos en la ignorancia de quien cree ser muy digno simplemente pasándose la vida intentando chupársela a sí mismo.
Y el primer paso a pie de campo son, por ejemplo, las casamenteras. No hay forma de organizar una revolución si antes no eliminas las partes más nocivas de la población. La casamentera representa justo lo que hay antes del individualismo autofelatorio: alguien que no se conforma con estar bien a un nivel individual, sino que además tiene que alterar su entorno para sentirse viva observando los cambios, ya sean a mejor o a peor. Es la ciudadana perfecta a quien poder manipular, alguien a quien le tiras una pelota mediática en forma de boda entre famosos, y va como una retrasada tras ella a esperar tras una valla para poder ver de lejos a las supuestas celebridades.

Lo hicimos bajando. Nos metimos en el bosque de siempre con la excusa de siempre del atajo, lo suficientemente alejados de cualquier ruta; lo suficientemente lejos de la comodidad que busca el excursionista que en el fondo quiere seguir en la ciudad, con todo bajo control, con esa sensación, aunque sea bajo los árboles.
Natalia tenía perfeccionado el golpe en la nuca para quitarnos de encima la molestia de turno. En este caso, Engominado. La mochila de Natalia pesaba siempre tanto porque ella siempre llevaba las cadenas y el mazo. Engominado cayó al suelo inconsciente tras el golpe en la nuca. Casamentera comenzó a flipar del modo habitual. La agarramos mientras preguntaba sin parar qué era lo que pasaba. Que es justo lo que ella quiere ignorar que pasa en otros lugares, lo que está lejos, la tortura y la muerte que ella sustituye por chismorreos y sexo seguro. Todo lo que daba por sentado Casamentera, se estaba yendo a pique, un pequeño ejército tercermundista se había colado por una brecha inesperada y estaba amarrándola a un árbol con unas cadenas. Algo que en muchos casos estaría justificado por esa venganza pura e inevitable con raíz en la miseria, pero que en este caso sólo era la mera materialización de los principios de unos pocos que ya habíamos perdido la perspectiva sobre lo que es lícito y lo que no; sobre todo, en un mundo en que sucede lo mismo a gran escala. No nos sentimos mal vaciando de vida a Casamentera igual que ella nunca se sintió mal jugando a las muñecas con sus amigos y reforzando su felicidad planeada en despachos a golpe de tarjeta de crédito. Ella era el producto de un mundo en que muchas personas habían salido de la misma idea de base: ya estás bien así, no intervengas. La vida comenzó a perder valor cuando la dignidad y la libertad comenzaron a consistir en ser lo suficientemente listo como para hacer la vista gorda con todo.

Atamos a Casamentera dejando uno de sus brazos libres, colgando. Ella lloraba y no quería ser una víctima física del mismo modo que otros fueron sus víctimas emocionales. Había topado con nosotros, y a nosotros la gente como ella ya había dejado de parecernos entrañable y simpática, por mucha pinta de muñeca Bratz que tuviera. Era una chica joven y con todo el futuro por delante, perfectamente maquillada, con el look cuidado de excursionista, con dinero en el banco y un trabajo que hacía que todos los demás asintieran respetuosos; y tenía un novio tan majísimo y bien vestido como vació por dentro; era una chica normal que disfrutaba con cosas normales. Era a simple vista perfectamente apta. Pero a nosotros todo eso ya había dejado de impresionarnos. Sus defectos para nosotros eran el veneno más efectivo, más sutil, más aceptado: los frenos perfectos de una evolución coherente.
Esta celestina significaba un antes y un después, era un objetivo deseado desde hacía tiempo, desde el principio, cuando Natalia nos enseñó que la vida no es sagrada cuando parte de ella es un gran tumor que necesita extirparse.

Comenzó a anochecer de verdad. Los últimos rayos de sol se colaban entre arbustos, llegaban desde el horizonte cuando Natalia comenzó a tirar del brazo de Casamentera. ¿Disfrutábamos nosotros también en este caso del morbo del asesinato? ¿Éramos yonkis de la misma droga que nutría la mediocridad de Casamentera?… Nunca nos lo planteamos, esto restaba para bien. La idea era que sufriera. Una muerte rápida para alguien así puede ser un regalo. Nunca puedes fiarte de esa luminosidad que se desprende a veces de la mirada de una persona así; en realidad podría estar agonizando. Así que la víctima por lo menos debía sufrir unas cuantas horas.
Tirábamos del brazo de Casamentera por turnos, todos debíamos sentir su desvanecimiento en primera persona. Arrancar un brazo de cuajo no es fácil. Y tampoco que la víctima no se desmaye en el proceso. Natalia llevaba en su mochila pastillas, fármacos; los suficientes para que la celestina pudiera llegar a ver deslavazarse sus músculos una vez el hueso se hubiese salido; debía sentir su carne tironeando hasta desprenderse de ella, y notar hasta el último momento cómo la sangre abandonaba el huésped hasta provocar la muerte.
Casamentera vomitó un par de veces, hasta que al final logramos separar su brazo del cuerpo. Ya era totalmente de noche. Apenas conseguimos alumbrar la escena con nuestros móviles. El golpe en la cabeza a Engominado había sido suficiente para dejarlo sin pulso, una corona de sangre rodeaba su cabeza boca abajo en la hierba. Eran las diez de la noche, y al día siguiente teníamos que madrugar. Marchamos hasta los coches aparcados abajo. Los últimos estertores de voz de Casamentera no podían oírse desde ninguna ruta. Bajamos con calma. Alguien propuso tomar una copa en una terraza tranquila antes de ir a casa. Nos pareció una buena idea.

https://www.youtube.com/watch?v=WJmpNROTw5g

[En el video, trailer de “The Box”, nueva peli de Richard Kelly (“Donnie Darko”, “Southland tales”), director que me inspira especialmente y al cual hasta ahora (a diferencia de otros) lo veo intachable en sus arriesgadas propuestas, incluso con sus defectos. Más directores así hacen falta. En su nueva peli adapta un cuento de Richard Matheson llamado “Botón, Botón” en el que los protagonistas se ven en la disyuntiva de ganar un millón de dolares cada vez que aprieten el botón rojo de una caja que se les entrega; a cambio, eso sí, de que cada vez que lo aprieten, una persona en el mundo morirá. Así se las gasta el amigo Kelly, en una película que supuestamente tiene que buscar una buena respuesta en taquilla después del fracaso comercial de “Southland Tales”. Suerte, directorazo.

the-box-poster

Más relatos de Jordi M. Novas en Proyecciones Blog:
http://jordim.wordpress.com

También podría gustarte Más del autor

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.