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Océano granate, por Lliure

Publicado en Relatos el octubre 1, 2007 por nochesprohibidas

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Llovía oscuro en la ciudad de plata casi siempre salían a nadar desnudos sobre el asfalto pero esta noche era distinta un humo gris invadía sus paladares, recorrieron los callejones de la Plaza Stealmann sin ninguna idea fija tan sólo encontrar el mar donde lo habían dejado, intacto y azul, tan sumiso y profundo como ellos.

Addam parecía extraviado tan sólo podía recordar aquellas figuras incorpóreas acariciando su cuerpo, se balanceaba sobre sus rodillas y preguntaba respuestas, nadie más podía atreverse a despedazar de ese modo la oscuridad. A unos metros de distancia, Cloe esperaba paciente la fugacidad, llevaba todo el día viendo pasar los tranvías como había visto pasar su vida, veloz y de rodillas, tres números vigilaban su cabeza:21 15 52, 21 15 52, 21 15 52…apenas podía recordar su significado pero parecían adornar su cerebro como la música. De pronto lo vio claro 21 puñetazos, 15 patadas y 52 palizas, lo más impactante tras los años era comprobar la perfección de los números, se encadenaban el uno al otro como los golpes, como notas en una ópera, a veces había jugado con el dolor… cada impacto una nota así se sentía flotar como en una sinfonía de Beethoven cada movimiento encadenado con el anterior en su propia cárcel triangular, pasadas las horas al enfrentarse con el espejo solía ver su cuerpo como partitura emborronada por el inspirado músico, cada moratón un silencio de corchea, cada herida un fa, cada arañazo una fusa.

Cloe siempre esperaba, conocía su estructura metálica reparando un reloj, nadie podía convencerla de no merecer un suspiro pero hacía tantos años que sus pies rozaban el asfalto que había olvidado ponerse las sandalias para salir al puerto. De vez en cuando sentía una respiración sobre su nuca, unos ojos silenciosamente conocidos desentrañaban su anatomía en mitad de la noche, siempre tras sus pasos el benefactor. Addam solía guardar las distancias a intervalos de piel, le gustaba caminar a su lado y observarla desde lejos, un alma muerta para sonreír era más de lo que suponía merecerse, aunque aún añoraba su cajón rebosante de recetas inconfesables, había descubierto en Cloe una sustancia más adictiva, dolor a borbotones manando desde sus cicatrices hasta su entrepierna. Inexplicablemente sus rutinas se habían esfumado de golpe, había clausurado partes de su antiguo cuerpo a base de cerrojo y clavos, pero aún sentía la necesidad de acariciar al diablo, tanto como ella necesitaba revivir sus sonidos.

- ¿Lo sientes? Esta noche me pide un hasta siempre… Lo supe en cuanto atravesamos el umbral con tu mano en el bolsillo.

- Siempre con demasiadas certezas, mañana caerá el sol y volverás a darte cuenta que no hay noche mágica, sólo hay un deseo flotando en un tiempo cobarde. Sólo eres tú añorando pasado al lado de un yo que no desea más futuro.

- Míralo como quieras, púdrete en los campos caústicos si te complace, esta noche vas a matar y a morir, lo leo entre tus líneas. Después de todo llevamos 21 ocasos acudiendo al encuentro del profundo oleaje sin más disfraz que el aprendido…

- Está bien dame 15 minutos de silencio, más tarde caminaré 52 pasos hasta el borde del malecón, si en ese instante preciso escucho un ruido sordo golpeando mi cabeza saltaré si mirar atrás…

- Ni siquiera en este momento vas a contarme el porqué de encadenar tu vida a una secuencia numérica…todo podría haber sido distinto…

- Al menos tengo un plan para sacarnos de este infierno, y un plan nos da a los cobardes una rutina donde ser aguerridos. ¿Vas a guardar silencio?

- Hasta siempre…

Tras la eternidad de sus pensamientos, Cloe se levantó y comenzó a andar a grandes y lentos pasos, justo cuando sus dedos de los pies acariciaban el precipicio sonó el eco del disparo liberando su cerebro, cogió impulso y saltó. En la caída tuvo tiempo de cumplir su último deseo, contemplar la dulzura del cálido granate invadiendo el océano.

Ella, por Lliure

Publicado en Relatos el septiembre 20, 2007 por nochesprohibidas

Una pregunta recorre su mirada de otoño en otoño, una pregunta que quizá no tenga respuesta, pero ella ya lo sabe, simplemente ha dejado de asustarla, le preocupan más la noche vacía y el espacio. Recuerda como te conoció en un infierno rodeado de espejismos humanos donde nada es real y todo es tangible, recuerda la locura de encontrarte en ese verde grisáceo a mediodía. A veces torna la mirada cuando habla de ti, parece ocultar un misterio profundo que rodea su cuerpo como una prisión de aire, luego se desvanece el brillo en sus ojos y continúa lanzando su mirada hacia un futuro hostil.

Ella viaja desde sus pies a esa cama de animal donde te vio borracho de placer, donde las distancias se acortaron tanto, que dolió continuar el camino bosque adentro, sólo con tocarla puedo sentir su hiel rodeando cada instante en fuga, ella me acaricia con el gesto de su boca y tiembla, por primera vez no sabe escapar. Sus dedos están intentando sujetar una taza de café vacía de dulzura, ella bebe hasta sentir el amargor desde sus venas, le gusta decirme que pasará, que los deseos son fugaces como las estrellas, pero yo la conozco, ella se quiebra en silencio como los huracanes. Se enciende un cigarro y cuando se apaga se esconde tras el humo del siguiente, así disfraza su amor por ti. Le gusta ese disfraz porque le ha salvado el alma, la resguardó de las expulsiones y el llanto, ella se protege detrás de la soledad y cuando me abraza puedo sentir el fuego de mil ciudades aún no exploradas, y es que su tristeza nace de la estrategia intangible, de lo virginal de sus afectos.

Hoy sin embargo la veo distinta, ella suele reír detrás de cada esputo de dolor, sus carcajadas suelen barrer la agonía de sus palabras, pero esta noche no, lo sé, quiere romperse en añicos para penetrar las nieves ajenas, le gusta el precipicio como las nubes, regresa a tú balcón y ve caída y luna, sigo esperando que termine su última frase pero ella inmóvil se ha perdido en sus infiernos, entonces me acerco a su cuerpo frío y tenso, ella se estremece y comienza la huída, por primera vez me habla sin un recuerdo en su mirada y sonríe porque sabe que le guardo un secreto. Ella se inclina hacia a mí y me deshace pensando en tu piel, ella imagina desiertos donde te busca y me haya, ella, sólo ella, puede hacerme vibrar mientas añora otros mundos y me niega el encuentro, sin piedad hace jirones la magia de nuestros instantes, aún así seguiré masticando mi sorpresa, cuando me vaya y respire, viviré donde otros volaron y ella volará donde yo viva.

Black, por LLiure

Publicado en Relatos el septiembre 3, 2007 por nochesprohibidas

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La noche no acaba en su cuarto, miro la luna desprendida de su pasado con luz nueva, ilumina su cuerpo medio vacío de esperanza, suena la música y sus pasos…uno detrás de otro…intentando domar el polvo que hierve en su sangre. Le gusta recorrer las esquinas del rectángulo, una por una, le gusta el tacto del yeso lamiendo sus dedos, le recuerda a esas tizas que merendaba de pequeño frente al espejo, sigo descubriendo su anatomía indecisa, nada parece importarle ahora, ni siquiera me encuentra entre sus visiones perdidas, él hace tiempo que dejó de buscarme…

Las horas muertas como mareas vivas, despejan el horizonte del porvenir, ha empezado a llover silencio sobre nuestras cabezas, el vinilo sigue girando, una vuelta más y me largo…nada en los bolsillos, el último recuerdo lo he dejado tirado en el lavabo junto a sus ojos inquietos. Finalmente incorporo lo que me queda de vida e intento deshacerme del calor que invade la cama quieta de placer, él de pronto fija sus pupilas en mi espalda, sí me marcho…oigo su risa ahogada en la propia ira, decide regalarme su voz…en realidad, black, no puedes irte jamás, no puedes porque ni siquiera llegaste, perteneces a mis pasos tanto como yo pertenezco a tu amor, los dos huimos del encuentro, sigo pensando en tu cuerpo como un refugio aunque tu alma emule al enemigo…sin más, debí hacerte caso… vas a morir de profundidad como yo moriré de olvido… cuando las estrategias sutiles se han desgastado, la ironía se erige protagonista de nuestros espacios…no te culpo, yo también solía ponerme filosófica después de un buen polvo… nada que decir a un sueño roto, nada que reprocharle.

Mis manos rozan el pomo gélido de la puerta que abre un abismo y cierra una oportunidad, ahora él está quieto desafiando al vacío con su cuerpo tenso, sangra vida y recuerdo por su rostro, suena la aguja rayando el chirrido de la puerta al abrirse, vacilo un segundo y en el siguiente siento un suspiro en la nuca, su cuerpo arde tras el mío, la aguja y la puerta sorda fundida con la pared, acompañan la música que empieza a desvelar nuestros instintos, las gotas caen entregadas a lo imposible, parece que la quietud desaparece, sus manos recorren mis dudas, cae el último aliento y amanece sobre nuestros cuerpos, el día baña el placer…ahora sí, me marcho.

Muevo los párpados y mi mundo vuelve al instante presente, hace más de un  año de aquella noche y aunque en aquel momento, no supe qué significaban aquellas palabras ni su gesto, hoy lo entendí frente a su tumba.

Azul, por El Kafkiano

Publicado en Relatos el agosto 24, 2007 por nochesprohibidas

Es particularmente inexplicable la sensación que Latimer, mi audaz vecino del quinto, experimentó el día de sus bodas de plata cuando, después de haberlo pensado durante toda la mañana, después incluso de haberse tomado ciertos descansos en los que entremezclaba sus pensamientos con orujo de limón, decidió hacerlo. Por supuesto, no confiaba ciegamente en el asunto, pero mantenía –él siempre fue un hombre de fe– notables esperanzas de que su caso se resolviera de la mejor forma posible.
Latimer, debido a una filigrana de los genes, tenía un huevo azul marino. Siempre se mantuvo orgulloso de su huevo incluso cuando a los quince años, en las fiestas de Narcea, una moza se negó rotundamente a tocarle los testículos.

-Quizás pegándole una buena fregada todo vuelva a la normalidad –le dijo. Y Latimer, entristecido pero empalmado, intentó quitarle hierro al asunto.
-Lo que importa es lo que esconde en su interior.

Ahora Latimer, después de tantos años de casado, recuerda aquellos tiempos en los que se miraba al espejo, desnudo, y admiraba en secreto su huevo azul, que mimaba con absoluta dulzura y masajeaba con las mejores cremas antiarrugas. Su mujer, por supuesto, terminó por acostumbrarse al azul oscuro del cojón de su marido, pero muchas veces se quejaba de su tenaz brillo, que contrastaba con la textura ajada y mate que el tiempo había dejado en el otro cojón.

-El envoltorio es lo de menos –decía Latimer.
-Pero la pinta es importante también –argumentaba su mujer–. Deberías cuidar también el otro huevo y terminar de una vez por todas con ese aspecto diabólico.

Pero por más que Latimer se mostraba complaciente con su mujer no lograba darle brillo a su cojón sano. Ni cremas, ni jabones, ni aceites, ni las sales de baño más caras lograban mejorar su semblante, y menos colorearlo.

-Has de darte cuenta que éste es mi huevo sano, mi huevo corriente y moliente. El otro, aunque es siempre bienvenido, sólo es fruto de una transmutación genética.
-Yo sólo te digo –su mujer no se amilanaba– que la apariencia es importante. Después de veinticinco años tengo derecho a disfrutar dos huevos en las mismas condiciones y no andarme con preferencias a la hora de lamer.

Aquella mañana Latimer, que se dio por entero al orujo de limón, decidió pintar su huevo sano de un azul marino intenso, brillante (casi metalizado) que se fue derramado lentamente, con unas pinceladas muy precisas, bolsa testicular abajo. Ahora poseía dos testículos azules, que bien podrían ser mellizos sino fuera porque la pintura elegida, antideslizante y subacuática, hacía su recién estrenado huevo un tanto más obeso.

-Ahora tengo un huevo más grande.
-¿Desde cuándo te han importado a ti las apariencias? –le preguntó su mujer. Latimer hundió los dedos en sus partes y con el pulgar arrastró el sobrante de la pintura. Su huevo estaba seco, listo para celebrar, en ruta para ser lamido y acariciado, pulido con saliva como si fuera el diamante de un pendiente muy gordo.

Más relatos en El Kafkiano II

El rechazo, por Jorge Salvador Galindo

Publicado en Relatos el julio 23, 2007 por nochesprohibidas

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Pancho Valverde era un escritor del No. Unos de esos tipos que siempre andan proyectando una novela –la sienten, casi la han memorizado–, pero que nunca se han puesto a escribir. Un bartleby, que se dice, un escritor que niega el mundo y por lo tanto, según las circunstancias, se niega a sí mismo.

Todos le teníamos, aunque no hubiese escrito más que un par de ensayos sobre aquella novela ensimismada que se bastaba a sí misma –novela, y sólo novela–, por un escritor de pluma sobresaliente.

-Vamos, Pancho, ¿cuándo te vas a poner a escribir ese libro que castiga tu imaginación?
-Cuando me maduren los cojones. Cuando me agarre la felicidad a la vuelta de aquella esquina –decía y señalaba la esquina transitada por hippies guitarristas y trileros de dado escurridizo. Luego se dirigía hacia la intersección de las dos calles, siempre transitadas a la hora del café, y con un movimiento fugaz echaba una mirada al otro lado, donde doblaba la esquina y se perdía más allá del mundo, mucho más allá de su mirada. Probablemente no era la felicidad lo que buscaba, sino una señal –un estigma en la pared que no se ve–, una leve brisa o un sonido, algo con lo que comenzar su novela.

Ayer, después de tomar el café y comentar la incapacidad de Juan Rulfo para escribir después de la muerte de su tío Celerino, a las cuatro y cuarto de la tarde, Pancho Valverde llevaba más de veinte años sin escribir una línea. No son muchos si se piensa que Faulkner, tras una jornada de diez horas de agotador trabajo, sólo pudo suprimir una coma.

-El caso es que veinte años son muchos años –me dijo y, con un gesto que bien podría significar cansancio o cualquier otra cosa, me despidió dejándome con la palabra en la boca.

Le vi llegar hasta la intersección de las dos calles, aquel punto maldito donde siempre encontraba el vacío. Con un movimiento rápido –el de siempre– volvió a asomarse al nuevo tránsito perpendicular. Pero nada. Observé cómo retornaba con la cara triste, quizás sabiendo que nunca escribiría ya su novela.

Llegó a mí y una lágrima resbaló esquivando el surco de sus labios. Me acerqué a él y miré más allá de su rostro. Cuando me di la vuelta, pensando en mi próximo relato, alguien recogía el cadáver de Pancho, deshecho en el asfalto, con una pluma clavada en el pecho.

Ironías del destino, el mejor escritor de los últimos veinte años había encontrado la muerte buscando la literatura.

El Kafkiano II

Publicado en Curiosidades, Relatos el julio 10, 2007 por nochesprohibidas

Para aquellos interesados en los chancros de Flaubert, en las historias sin final aparente o irreverente o mordaz o puto, en las distintas formas de morir, de asesinar, de suicidarse, en los cojones enciclopédicos y en la literatura de los cretinos, en la noche, en el prisma del otro ojo y en la imaginación, si fuera posible, para aquéllos y otros, El Kafkiano (II) vuelve a finales de Julio.

http://blogkafkiano.blogspot.com/

Tierra, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos el junio 18, 2007 por nochesprohibidas

Dios, en serio, cómo me molesta el puto sol en la cara. Cómo me gustaría haber nacido perro domestico, o planta o vaca. Qué pereza me da ir a dormir y luego qué pereza me da levantarme. Qué asco me da poner la tele, y qué asco me da apagarla y el silencio. Qué duro resulta hacer el papel cada día para todo el mundo. Qué fría y del montón resultas una vez ya te he conocido. Qué coñazo es que las cosas sean misteriosas y fascinantes hasta que te ves envuelto en ellas. Qué tontería es salir a dar una vuelta en coche si no vives en Arizona y no puedes atravesar desiertos, qué triste es cuando lo único que hay son semáforos y colas. Qué caliente está siempre la comida y qué mala cuando comienza a enfriarse. Qué malas son las guerras y qué frustrante es que ya solo me parezcan relleno en el telediario. Qué fútiles resultan las ideas si no son ellas las que han dado contigo, qué aburridas, qué poca gracia. Qué aburrimiento mirarse al espejo, qué decepción todos los días. Qué nerviosismo, porque lo que se tiene siempre es la antesala de lo que se quiere, y otra vez, y otra.  Y otra vez, y así siempre, hasta que vuelves a poner la tele, y vuelves a apagarla y vuelve a aterrorizarte el silencio. Qué círculo vicioso en el que todo acaba. Qué constante miedo por perder todo eso que te deja fatigado cada día. Qué Dios te salvará, qué ángel, qué mujer u hombre, qué servicio a domicilio. Con qué cuchara se come esta puta sopa, qué tenedor se usa aquí, quiénes son tus amigos, qué dicen de ti. Cómo se ve tu vida desde fuera. Y si eres niña, qué dijeron tus padres, que esperaban un varón. Qué se puede decir si ya eres varón y ha dado igual. Quién coño hace tantas preguntas para no dar ninguna solución. Quién espera. Quién ayuda. Quién resuelve. Qué coño hace esa princesa con ese. Quién mierda quiere venderse como si fuera el príncipe. A dónde vas, mira a tu alrededor antes. Por favor, fíjate, no tropieces. Qué narices hace todo lleno de baches. El suelo no acaba nunca de hundirse, tú nunca acabas de sonreír, no hay manera. Sonríe, vamos, sonríe, sonrííííííe. O mejor, haz lo que quieras. La mano, o los dedos, a veces se convierten en una gran solución. Quién dijo que la soledad… que… quién mierda lo dijo. Mírate cinco minutos al ombligo. Uno, dos… Vale, quizá no ha servido de nada, era una forma de hablar. Pero es igual, tranquilo, a nadie el importa una mierda el fondo. Si eres hombre, no sé, cuenta chistes malos. Y si eres mujer, pues da tus medidas, venga. Quién decidió poner tantos límites para hacer inabastable la injusticia. Qué frío está el cañón de la pistola cuando has tomado una decisión impopular, y qué sensación de alivio a veces al arrepentirse. Y sales. Y quién le dio a las drogas propiedades sugestivas y placenteras. Quién asoció el sexo con el sida. Quién puso el alcohol en nuestras manos. Qué mente retorcida nos puso aquí para que nos matáramos o para morir. A quién se le ocurren semejantes ideas. Cuánta crueldad, cuánto poder, cuánta pobreza. Pero no damos para más; bebe, baila, pon la tele. En serio, hay que distraerse, Hey girl, Hey boy, Superstar Djs, ¡Here we go! Blancanieves te espera, sigue buscando, el cielo sigue abierto, el sol nos da en la cara, no existen los príncipes, no hay futuro, solo un trozo de vida. Quién nos dio la capacidad de juzgar. Cuándo moriremos. Qué hacemos aquí. Quién la cagó tanto. Qué haces desde las cinco de la mañana hasta las dos de la tarde. Por qué. O qué haces por las noches. O todo el día. Quién nos impuso el trabajo. Quién cree aún en lo de la manzana. Y por qué no una fresa, o el sexo. Qué mota minúscula puede concentrar más ridículo en el espacio, cuál que no sea la Tierra. Y ahí sigue la estrella, invadiéndolo todo, dejándonos a todos en evidencia. Nos deslumbra mientras morimos pobres o somos millonarios o ponemos la tele o nos quejamos. Nos ilumina mientras decidimos cual va a ser la mejora humana con la que vamos a hacer que todo esto que llamamos vida se convierta en muerte, en más muerte. Para que así, esa mota espacial y temporal que somos, dé paso a algo mejor y más brillante.

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Más relatos de Jordi M. Novas en Proyecciones blog

Terror, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos el abril 11, 2007 por nochesprohibidas

Yo pensaba que sólo iba a ser cuestión de una noche; yo ya rondo los cuarenta, y ella apenas tiene veinte. Pensaba que iba a ser una sesión de sexo anal. Y me parecía bien. El denominador común de las chicas con las que me he acostado es la frase: <<por ahí no>>. Y sin embargo esta, Natalia, sólo quería por ahí; nada de sexo vaginal; nada de follar como todo el mundo. Sólo eso, un agujero dilatado y húmedo. Después acomodó su cuerpo encima de mi, y me miraba a los ojos; después del sexo; una chica voluptuosa de veinte años; una chica que podría vivir de su cuerpo (y no hablo de prostitución) teniendo en cuenta el cuerpo que tiene, y cómo mira con sus ojos enormes y marrones.

Y me comenzó a mirar a los ojos, y podría repetirlo mil veces, con sus tetas aprisionándome el pecho. Y comenzó a hacer preguntas. Y pasa lo que pasa; según cómo te mira una chica, según cómo sonríe o asiente; según cómo le cae el pelo en cascada sobre los hombros, tú coges tu alma como si fuera un bolso, abres la cremallera, y lo vuelcas y lo agitas hasta que sale todo, y luego esparces bien su contenido para que ella lo vea. Luego haces lo mismo con tu pasado, y después con tu dignidad.

Le conté: Después de un montón de años trabajando en sitios que odiaba he decidido tomarme un tiempo de paro; cobrando sin más. Le hablo del sexo anal. Le digo cosas sobre mi pasado: trabajos, hurtos, revolución fracasada, terrorismo barato; juventud que se acaba. Y luego, ella me interrumpió;

- Pues yo ya no me veo tan joven.

- Cuando la música que te gusta comience a sonar en los ascensores sabrás de qué hablo.

Le expliqué: Cuando rondaba los veinte era idealista. Tenía amigos idealistas que me hicieron idealista a mí. Éramos como una secta anárquica; gente que dice una cosa que convence a otros que reclutan a otros; y al cabo de unos meses cometimos nuestro primer atentado, nuestra primera gamberrada con coartada ideológica: hicimos volar una licorería. Así comenzamos. Solo fue el primero de unos cuantos atentados en los que nadie llegó a morir del todo. Nadie llegó a morir del todo, aunque quizá alguien que topó con nuestros ideales, entrando en una tienda o en un parking, hoy quizá esté intentando convencer a su familia sobre las ventajas de la eutanasia. Sí, nunca murió nadie. Los medios se hacían eco, pero al no estar la muerte de por medio, y sin que nadie aceptara la autoría de los atentados, cuando pasaban un par de días lo nuestro quedaba eclipsado por un partido de fútbol, o el siguiente revuelo político, que nunca tenía que ver con nosotros. Lo nuestro no hizo eco, y no pasará a la historia. Era demasiado fuerte, una revolución demasiado abstracta. Dejábamos notas cerca de donde explotaba nuestra última idea de fabricación casera. Había frases ambiguas que hubiesen abierto debates; que hubiesen hecho pensar. Hubiera habido debates en los que expertos analíticos hubieran desgranado esas frases llegando a conclusiones complejas que nadie entendería. Sólo eran frases;

La licorería: <<La verdad está en la gente, no en vosotros>>

Un parking: <<El cielo es nuestro, los árboles son nuestros, la ciudad es vuestra>>

Un bar cerrado: <<Qué hacías mientras nosotros intentábamos cambiar las cosas>>

Un coche: <<Más tarde. Nos avergonzaremos todos.>>

Pero esas y más frases quedaron en nada. La policía las encontraba y alguien decidió que no debían salir a la luz. Nos desmoralizamos. Nosotros no luchábamos por una bandera; luchábamos por mucho más, porque no hubiera banderas, y ese era nuestro error. A unos cuantos con mucho poder no les interesa que la gente se revele; no les interesa que haya agitación de conciencias…

Y Natalia me interrumpió;

- ¿Alguien se quedó en silla de ruedas por vuestra culpa?

- Eh…

- Y quieren morir…

- Sí, pero bueno… es ilegal, la eutanasia es ilegal. El gobierno lo debe ver como… una forma de muerte amateur… y no la acepta…

- Ya, pero si vas a la guerra y mueres en combate eso es honorable… – dijo Natalia.

- Ese ha sido siempre el discurso oficial; mucha gente se lo cree.

Natalia me dijo que si había sacado alguna conclusión de aquella época que ya terminó; que si había aprendido algo. Y yo: Pues sí;

Uno: Sé hacer explosivos de fabricación casera.

Dos: El mundo no se puede cambiar, ni con palabras ni con bombas. Si hay un cambio será muy gradual, y no para mejor.

Tres: El mundo, con nosotros los humanos habitando en él, cambiará hasta desparecer.

Natalia estaba fascinada. Lo que puedo ofrecerle es sexo y un pasado de mierda y violencia, y a ella le parece bien. Más tarde, unos días después, supe los porqués.

Y hoy, después de días y días de charlas y borracheras y sexo, en tiempo presente, enseño a Natalia a hacer volar las cosas por los aires, como quien da clases de cocina. De joven siempre había querido tener la sabiduría suficiente como para hacer explotar algo. Me di cuenta de que no había obras de ficción en las que hubiera descripciones detalladas de la fabricación de explosivos, en todos los libros y películas que se acercaban a eso siempre fallaba algo; faltaba un ingrediente; un paso a seguir. Sólo una persona te podía enseñar a destruir. Es lo que mejor se nos da.

Natalia intenta seguir los pasos que yo le enseño. Mezcla glicerina con ácido nítrico. Después mezcla nitroglicerina con nitrato sódico y serrin.

Y no quiero aburrir más con detalles, pero ya tenemos dinamita.

Destruir está a solo cuatro ingredientes de ti. Llenas una bañera de agua y procuras olvidar que no la estás usando para tu aseo personal.

Llenas la bañera de ingredientes.

Y todo esto porque Natalia esta intentando destruir lo indestructible: su pasado.

Me dice: Mis padres, es por mis padres…

Me dice: Maltrato.

Y a mí me vale.

La idea es: Con una bomba de fabricación casera, a una hora concreta, todo cuanto conocía Natalia de la sala de estar de casa de sus padres, incluidos ellos, se verá reducido a recuerdos. Y cuando miro a Natalia durante un rato me parece que es el mejor momento para desvirgarme en lo de matar. Me parece bien, de todas maneras ya no hay solución, para nada.

Y mucho menos para mí. Lo que conocemos por <<núcleo familiar>> se hace pedazos si un padre toca a su hijo, o pega a su hijo, o enseña a su hijo con miedo. Yo no he sufrido eso y soy un hijo de puta resentido, Natalia si lo ha sufrido y aún no lo es. Yo la estoy convirtiendo en eso. Mi segunda revolución corre a cargo de una mujer cabreada, vejada, maltratada, herida en su orgullo. Otra revolución fallida. Pero ahora al menos lo sé, y no me hago ilusiones. Se trata de satisfacer a mi novia. Es mi novia.

Me dijo avergonzada;

- Soy tu novia…

- Claro que sí.

Es el día anterior al terror cuando, en su piso de soltera, nos emborrachamos con vino y divagamos. Es el día anterior al terror cuando echamos los últimos tres polvos. Es el día anterior cuando digo…

- El club de la lucha es el libro que más releo. Así como mis padres ven películas de la guerra civil porque les recuerda a su niñez, lo que hago yo es leer una y otra vez El club de la lucha. La primera vez que lo leí me pareció el libro más romántico y esperanzador que he leído nunca. Por eso causó tanto revuelo, estaba lleno de desesperación y verdad.

Natalia bebe un sorbo de su copa de vino;

- No lo he leído.

También, el día anterior al terror digo;

La familia… los lazos de sangre… supeditarnos a eso… puede que sea el mayor error de la humanidad. ¿Te imaginas un futuro en el que tú creas tu propia familia?… a partir de la gente que te cae bien de verdad, –sonrío- como viviendo en comunas de hippies. Las familias biológicas nos criticarían, como critican a los hippies… o a los matrimonios gays.

- Mucha gente acepta a los matrimonios gays – alega Natalia, llenando otra vez su copa.

- No, – digo yo – mucha gente dice que acepta a los matrimonios gays.

Y no dijimos mucho más. El resto de la noche se redujo a su culo. Hasta que nos agotamos. Y por primera vez en mucho tiempo escuché el famoso <<por ahí no>>. Intenté penetrarla por la vagína.

Al día siguiente despierto consternado. Porque voy a matar. Es el día del terror, si por terror entendemos muerte. Aunque todo está sujeto a opiniones; incluso eso; aunque sólo haya una opinión que esté bien vista, como con la mayoría de todo.

A las nueve de la mañana entramos en casa de los padres de Natalia, con unas llaves que ella conserva, aunque hace años que no pasa por allí. En la casa no hay nadie, como dijo ella: Esos cabrones salen siempre de casa a la misma hora.

No se hace difícil esconder el explosivo. Todo está rodeado de figuras y fotos familiares; todo decoración austera y típica; decoración con fotos que enseñan un ambiente familiar feliz; equilibrio; bienestar; solidez de clase media (si eso es posible). Natalia dice;

- Viendo todo esto hasta pensarás que son normales… del montón ¿no?

Asiento.

-Pues no los son. – asegura.

El día parece pasar a cámara rápida, como esas películas antiguas. Tres horas después, a las doce del mediodía, estamos aparcados a dos manzanas de donde tiene que explotar el pasado de Natalia, hecho añicos. Sus padres ya llevan un buen rato en casa. Yo miro mi reloj, nervioso. Natalia levanta unos prismáticos que no me gusta que use. Quiero verlo, me dice todo el rato; quiero ver cómo explota.

No debí sincronizar bien mi reloj. Tres segundos antes de lo previsto la fachada del apartamento a pie de calle salta por los aires hecha escombros, haciendo mucho ruido. Suenan algunas alarmas de coches cercanos que han pasado de sus colores de moda, a ser blancos.

De dentro de los escombros que fueron la sala de estar en la que Natalia pasó tantas navidades, sale una figura. Torpe y tropezando sale lo que debe ser la madre de Natalia. Le falta un brazo; cae de rodillas al suelo, y vomita mientras muere, quizá también vomita el alma, con todo el lado derecho de su cuerpo negro; quemado. Deduzco que el padre ha muerto algún minuto antes; ha tenido mas suerte. Natalia no para de levantar sus prismáticos, y yo no paro de intentar quitárselos. Al final (porque esto es el final) me los da, saca un sobre de su bolso y me lo deja en el regazo. Me da un beso en la mejilla, abre la puerta y sale del coche con una sonrisa de despedida. Yo tengo el sobre en la mano. Parece estar repleto de algo que podrían ser fotos. La última frase que oigo salir de la boca de Natalia es: Deshazte del sobre.

Después cierra la puerta con su permanente sonrisa, que parece que dura años, y se va.

Me alejo de la escena del crimen. Llego a casa y dejo el sobre encima de la cama, sin fuerza para abrirlo, pensando que lo único que tengo de ella es su nombre de pila; ningún teléfono; nada. Sé que no volverá a su piso de soltera. Lo sé por cómo me miró antes de darme el sobre. Me siento engañado. Creo sin duda que ella conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a alguien que sabía cosas de mí; que sabía que yo no uso la bañera sólo para bañarme. Y creo que ella habló con esa persona.

Y Natalia fue y ligó conmigo en un Bar, de la forma mas barata, y yo me lo creí. Creí que realmente le gustaba. Creí que ella no sabía nada de mí. Creí que para ella sólo era un tío interesante bebiendo solo en un bar.

Tu vida es especial cuando hablan sobre algo que has hecho en el telediario. Incluso cuando lo que has hecho ha sido matar. Dos días después del desengaño hago algo que nunca he hecho: subo el volumen de la televisión hasta el máximo.

De la casa de Natalia la policía ha sacado cantidades ingentes de material pornográfico; pedofilia. Voy corriendo hasta mi cuarto y saco de un cajón el sobre que me dio, aún sin abrir. Eran fotos, sí. <<Deshazte del sobre cuanto antes>>. Son fotos de una Natalia de cinco años; con su padre; con un desconocido; con un desconocido; con un desconocido; otra vez con su padre; y así durante mas de cincuenta fotos, siendo penetrada.

<<Por ahí no>>

Y en el sobre, un papel, con solo unas palabras: No lo tenía planeado, pero no puedes volverme a ver.

Lloro de felicidad como nunca, viendo imágenes congeladas de una Natalia infantil y violada, porque me quería de verdad. No fue su último beso en la mejilla su único gesto sincero. Fue auténtico y yo lo viví. No todo es una farsa. Nunca pensé que moriría con algo para recordar. Pero tampoco pensé nunca que moriría de forma precipitada; eso tampoco lo pensé.

No pasaron más de tres días desde que abrí el sobre de Natalia.

Alguien ha puesto una bomba en el centro comercial normalmente más concurrido de la ciudad. Pero ha explotado por la noche. Nadie ha muerto.

En la televisión alguien encapuchado apuntaba a la presentadora hoy. Y la presentadora, temblorosa, en Prime Time, a las diez de la noche, leyó: La verdad está en la gente, no en vosotros.

El papel también reconocía la autoría del atentado. Un grupo terrorista sin nombre, que está creciendo, según los medios; que está día a día destruyendo negocios, tiendas, almacenes; todo en plena noche. Mucho déficit; ningún muerto. Lo del telediario no se vuelve a repetir; pasan los días.

Por las paredes de las calles y por el suelo, y encima de las persianas se pueden leer frases de desconcierto. La anarquía flota en el ambiente. La gente, a esto, siempre lo llama anarquía. Y cada vez más gente se une a la causa. Los expertos no tardan en asociar estos atentados a mis años de juventud. Estoy fichado, y aunque salí libre al poco tiempo, estoy llenando la bañera de agua; estoy mezclando ingredientes. Todo está hirviendo; los ingredientes; mi vida.

Al paso de los días no paran de salir fotos de sospechosos en la tele. Sale Natalia, y muy pronto salgo yo, con muchos años menos. Todo esto me supera. Natalia lidera a un grupo terrorista. He creado un monstruo a mi imagen y semejanza. Mi Frankenstein. Pero e aquí lo más curioso: no estoy arrepentido. Luzco una sonrisa congelada constante.

Es cuestión de horas. Vendrán a por mí. Decido quedarme una noche más en casa. Sueño con la madre de Natalia sin un brazo. Al despertar pienso en lo poco que me impactó. Pienso en que si me lo hubieran contado, lo que hubiese pasado por mi cabeza hubiese sido terrible. Es peor imaginar que ver; siempre.

Esa mañana, después de soñar, lo preparo todo. Mi apartamento explotará en cuanto oiga unos golpes en la puerta: ¡Policía! = Boom.

Y no tengo que esperar demasiado.

A las ocho de la mañana un coche aparca fuera. La idea es poner en marcha la cuenta atrás mientras salgo por la puerta de atrás. Entonces tirarán la puerta abajo y…

Pero al oír los porrazos en la puerta decido algo: Estoy cansado, muy cansado; me quedo. Y conecto la cuenta atrás. Y sonrío. Todo va a acabar. Joder, todo estaba predestinado, yo tenía que acabar así. Es como un deja vu que se veía venir. Como eructar tres horas después de haber comido, y notar cierto aroma;

Diez.

Nueve.

Oigo ruido abajo. La policía suele entrar siempre destrozándolo todo. La ley. Nuestra esperanza. Y nuestra esperanza siempre va armada. El orden depende de gente armada; de gente que manda a otra gente que se encarga de organizar a masas de gente armada, para establecer el orden.

Nueve.

Ocho.

Yo pensaba que esto solo iba a ser una sesión de sexo anal. En la tele no dan nada. Estoy enamorado y no voy a volver a verla. Cambio y un concurso, una película mala, sensacionalismo, sensacionalismo, sensacionalismo. Apago la tele.

Ocho.

Siete.

Seis.

Cinco.

Si al final tendrá razón la iglesia, tanta depravación, y mira como he acabado. Comienza mezclando glicerina con ácido nítrico. Acomódate. Respira hondo. Y si voy a morir, ¿no debería estar viendo ya esa película de mi vida?

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Pero ella me quería.

Dos.

Uno.

Imagina.

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Jordi M. Novas
Proyecciones blog

Tabú, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos el febrero 6, 2007 por nochesprohibidas

Verónica tenía el pelo de color negro. Un negro intenso; como ese negro que en otras no es más que potingue. Sus ojos eran también oscuros; esos ojos en los que no ves la pupila porque todo se reduce a dos redondeles brillantes y profundos. Cuando era pequeñita, cuando tenía algo así como cuatro o cinco, o siete años, da igual, siempre era la niña mona de la clase; con su aspecto de muñequita de nariz pequeña y sonrisa malévola.

A los once o doce, o trece años, era la alumna aplicada; la chica que no levantaba la cabeza de los libros como si pensara que podía pasar algo terrible si lo hacía.

Después, a los catorce o quince, o dieciséis años, comenzaron a nacer curvas en sus caderas y su pelo negro ya era pelo negro con mechas rubias; ella era un piercing en el ombligo, un primer novio, discusiones de calado absurdo con los padres, odio hacia los mismos, desconcierto, y básicamente todo cuanto conlleva muchas veces la adolescencia.

A los diecisiete o dieciocho, o diecinueve, muchas noches, comenzó a vomitar cuando llegaba a casa, procurando no hacer ruido si se lo había pasado demasiado bien algún sábado. Renegaba sobre el hecho de tener que tomar alguna decisión con respecto a su futuro y decía una y otra vez que iba a dejar los estudios. Que estaba harta.

Después, a los veinte o veintiuno, o veintidós, trabajó aquí y allí, y fue de novio en novio, convirtiéndose en otra chica trofeo a la que cualquiera se follaba. Y ya está, a los veintitrés años murió.

Pero nadie sabe cómo o qué pasó. Y claro, todo fue muy mediático. Y chicas serias sospechosamente atractivas procuraban no tartamudear ni quedarse en blanco ante la cámara mientras hablaban del misterio de moda. El cadáver de una chica de veintitrés años en un descampado sin un rasguño era material de primera para los programas que se emiten antes de los telediarios nocturnos. La autopsia determinó que fue veneno. Y lo que no entendía nadie era por qué no la habían violado o por qué no tenía veinticinco puñaladas en la espalda (después de haberla violado); como si la supuesta libertad para torturar a un chica no tuviera sentido sin antes habérsela metido. Todo el mundo arrugaba el ceño y se preguntaba: ¿Y entonces para qué la han matado?

Gente de todo tipo se ponía ante todo tipo de televisores para ver qué era lo que había sido de la chica guapa muerta sin un rasguño. Todos esperaban noticias y explicaciones para entender para qué una perturbada mente había pensado en matar a una chica joven y guapa sin ni tan siquiera haberla tocado; (aunque esto último no lo decían). Expertos en criminología daban su opinión en debates para acabar sacando la conclusión de que “posiblemente” la que la mató fue una amiga que la odiaba por algo; (Basándose en que no tenía un rasguño ni signos de penetración y por tanto la lógica, no ya de un detective, sino de cualquiera, invitaba a pensar que de haber sido un tío…).  La cosa se alargaba. Los periódicos seguían con sus reseñas sobre el caso y los programas de media tarde sacaban a reporteros para que pusieran el micrófono en boca de vecinos y amigos, que no tenían ni idea de qué coño había pasado con la chica guapa del tercero segunda.

Cada día salían noticias nuevas que eran refrito de noticias anteriores que se basaban en las especulaciones que se habían obtenido a partir de las conclusiones precipitadas de un día después de haber encontrado el cadáver. Y con el tiempo, cuando el caso fue lo suficientemente famoso, se comenzaron a emitir especiales televisivos. Reportajes de investigación que hablaban sobre las últimas novedades que en realidad eran un refrito de las últimas nuevas noticias, que se habían obtenido a partir de otro refrito de noticias anteriores, que se basaban en especulaciones que se habían obtenido a partir de las conclusiones precipitadas de un día después de haber encontrado el cadáver. Es decir, no se decía nada nuevo; el programa constaba de reportajes con música de fondo y fotos  de la muchacha en la que un círculo se encargaba de que reconocieses a la muerta sonriente entre un montón de compañeros de clase, o amigos, o familiares.  Después había un debate en el que se teorizó sobre el suicidio de los adolescentes, y se insistió en que los padres vigilaran muy bien a sus criaturas de quince años: ¿Tienen sus hijos ojeras constantemente? ¿No hacen caso a sus consejos? Se van a la calle sin decir a dónde van? ¿Tienen aficiones? ¿No?

Un día, los padres de Verónica, que habían pasado de los medios durante unas semanas, o un mes, o mes y medio, decidieron ir a la televisión. Una periodista reputada habló con ellos durante media hora en un magazine matinal. La madre rompió a llorar en el minuto veinticinco pidiendo justicia mientras el padre contenía las lágrimas también pidiendo justicia; mientras muchos de los que veían el programa en ese momento se preguntaban si los papás de la chica guapa muerta cobrarían por haber ido a la tele.

Al acabar la entrevista la presentadora les dio las gracias por ir al programa y después, mirando a cámara, dijo que a continuación el programa seguiría con algo más divertido. (Aunque sus palabras exactas fueron: “…algo menos serio”).

Cierto día, unos meses después de la muerte de Verónica, un chico con el pelo teñido dijo que había salido con ella. Dijo que conocía a una amiga que no la soportaba, y que el novio de tal amiga había tenido “relaciones” con Verónica. El chico pasó de los magazines matinales a los programas de corazón nocturnos, en los que todo tipo de personajes se cruzaban insultos y la audiencia subía por momentos según los gráficos del día siguiente. Por internet había montajes en los que la gente empalmaba la cabeza de Verónica en cuerpos femeninos con tetas de silicona. Todo el mundo explotó la muerte de la chica guapa hasta que no se pudo más. El dinero se movió de un lado a otro. Y el planeta continuó calentándose mientras la madre de Verónica cada noche desdoblaba la carta de suicidio de su hija, y la leía buscando respuestas, y pensando en esa noche en la que después de dos días sin verla, la encontró, allí tirada, con la carta doblada dentro del bolsillo interior de la chaqueta vaquera.

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Extraido de Proyecciones blog  un blog.. *****

Kafka, por VV.AA.

Publicado en Relatos el enero 19, 2007 por nochesprohibidas

Julio conoció a un grupo de amigos, Antonio, José Antonio y José Luis, que, para llenar las muchas horas del verano, se habían propuesto adaptar “La metamorfosis”, de Kafka, al teatro. Tuvo la oportunidad de asistir a las primeras reuniones. Enseguida surgió la cuestión clave que los tendría ocupados el resto de las sesiones: mostrar o no, en el escenario, el insecto en que se convierte, como es sabido, Gregor Samsa. El grupo se dividió en dos facciones: los partidarios de diseñar un bonito escarabajo de color anaranjado y hacerlo corretear por las tablas, y los que consideraban tal idea una barbaridad, los que tenían, quizá, un concepto más abstracto del relato. Así que, para entendernos, podríamos llamarlos los plasticistas y los simbólicos. Las discusiones se mantenían mientras paseaban por el bulevar, o sentados a la sombra de los plátanos, o en cualquier lugar de nuestras calles que seguro que nunca habían esperado ser testigos de semejante dilema. Claro que el principal argumento de los simbólicos era hacer ver la dificultad técnica de que un tipo, enfundado en un disfraz, se paseara por las paredes o que dormitara agarrado al techo. Los plasticistas, en cambio, consideraban esto como algo indispensable e incluso aumentaba su gozo, al imaginarlo, cuando sus oponentes describían la escena como imposible. Para contraatacar preguntaban que cómo pensaban, los simbólicos, resolver las fundamentales escenas que ocurren en la habitación de Gregor, la apasionante y sutil relación con la hermana y la desopilante, y reveladora, con la criada nueva. Contestaban que si eran demasiado explícitos todo se convertiría en un circo, inducirían a la risa, cuando se trataba de una tragedia, que lo único que encajaba bien era una representación de los efectos que el monstruo causaba en su familia, en su jefe y en los huéspedes. Os olvidáis de la hermana, volvían a la carga los plasticistas, ese es el personaje más importante y, aparte de tocar el violín en el salón, donde se desarrolla de verdad el conflicto es en la alcoba que ocupa la bestia, a ver si lo entendéis de una vez. Y lo de la manzana ¿qué? —los simbólicos—, ¿cómo pensáis hacerlo?, ¿también os parece imprescindible?, ¿no será mejor insinuar, recreándolas, la ira y el desconcierto del padre?, o ¿cómo vais a incrustar la fruta en el caparazón de Samsa desde seis metros de distancia? Los plasticistas se estremecían de placer al pensar en la posibilidad. No hubo acuerdo. Pero el verano pasó deprisa para ellos.

Cuando volví, en septiembre, Julio me contó el asunto. Después de oírlo, busqué un ejemplar del cuento, lo abrí por el prólogo y le leí: “Cuando en 1915 su editor le manda unos dibujos de Ottomar Starke para la portada del libro, Kafka reacciona de forma tajante: «No, por favor, ¡eso no! El insecto no se debe dibujar. Ni siquiera puede vérsele desde lejos»; [Carta de Kafka a Kurt Wolff del 25 de octubre de 1915]”

—De acuerdo, habrá que ocultar el dato— me dijo.

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